“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en Sí mismo, en un designio de pura bondad, ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada” (CEC, 1). Aquí tenemos el inicio de esa felicidad, por lo que tenemos que preguntarnos si estamos siendo personalmente felices. Buscar a Jesús aquí en la fe pura, como al Amado del alma.