La presencia de Dios ya no habita en un tabernáculo en el Sinaí ni en un templo en Jerusalén. En lugar de eso, Dios ha elegido morar en una famlia común, en personas tercas y fallidas; en gente como tú y como yo. Recordemos que Él prefirió escribir la misión de su evangelio sobre la arena, y por eso optó por confiar en nosotros para propagar el mensaje de las buenas nuevas. El Señor nos escogió, no por nuestra perfección, sino a pesar de nuestras limitaciones. Y cuando no tengamos todas las respuestas, cuando la duda nos alcance y las palabras no sean suficientes, bastará con decir: “No sé, sólo puedo decir que era ciego y ahora veo”.