En esta predicación, en el Congreso de Remar Ecuador, Miguel Díez exhorta con firmeza a la renovación espiritual y doctrinal de la Iglesia, recordando que así como el cuerpo se desgasta, el hombre interior debe ser renovado continuamente por la gracia de Dios.
Advierte que todo lo que no proviene del Espíritu Santo no edifica, sino que corrompe, y denuncia la influencia del humanismo, la ideología, la falsa doctrina y la seducción del mundo moderno.
Llama a rechazar la mezcla de verdad con error, la tolerancia al pecado y las desviaciones doctrinales que han debilitado a muchas iglesias. Con apoyo bíblico, insiste en la necesidad de limpiar toda “vieja levadura”, recuperar la santidad, el temor de Dios y la valentía para defender la verdad, aun cuando sea incómoda.
La renovación, afirma, es vital: lo que no se renueva, muere. Dios busca una Iglesia fiel, sana en doctrina y obediente a Su Palabra.